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Querida solo en parte

Esa mañana abrió los ojos sin querer hacerlo. Nada más despertar comprobó que, a pesar de que había amanecido, el sol no estaba al otro lado del cristal. En su lugar se instalaba una densa neblina acompañada de gotas de agua que, ligeramente, tintineaban en la ventana. Tenso despertar para un alma que sentía la angustia de saberse querida solo en parte. Después de tanto tiempo esperando que llegara ese viento que lo revuelve todo, que pone del revés la vida y el modo de estar, ¿había que contentarse con su poca intensidad? ¿Debía dar por bueno que lo que quería fuera un vendaval solo vibrase como una ligera brisa?

Su corazón tenía la necesidad de darse por completo y de hacerlo con el ímpetu que le era propio, aquel que es capaz de barrer los restos de cualquier desastre y darle vida nueva a los pedazos de vida ya reconstruidos. Aquel que quería sentir todo lo que se había negado en los últimos años. Pero aquellos ojos, que sí miraban con ternura, no mostraban el deseo que se necesita para darle a una vida compartida la fuerza que lleva a dar un paso tras el último, esa fuerza que pone la alfombra al camino en compañía, aquella que se apoya en dos manos entrelazas de modo que ni miedos ni falsas dianas son capaces de soltar porque los dedos tejen, por sí solos, un nudo perfecto.

Nunca imaginó que podría volver a pasar. Que el cosquilleo inquieto e ingenuo volviera a anidar en la boca de su estómago como si estuviera en su hábitat natural. No pensó que necesitaría tocar la piel de otro de nuevo porque así lo pedía la inercia del amor más intenso. Nunca pensó que negándose a sentir pudiera ocurrir, pero pasó. El cosquilleo volvió y lo hizo con más potencia. Y las manos volaban solas para demostrar lo que las palabras no necesitaban decir porque el corazón era la guía segura. Si el cosquilleo había vuelto, y las ganas de sentirse en otro decidieron quedarse, ¿por qué tenía que convivir con una duda hiriente que laceraba hasta el más minúsculo trozo de su piel?

La razón, que ha sido su cicerone durante toda la vida, intentaba poner un poco de cordura insistiendo en una afirmación clara: no es posible querer a medias. El corazón no puede dividirse en compartimentos estancos que dirijan sus acciones por senderos no alineados. Entonces, si no es posible querer a medias, ¿qué estaba sucediendo? ¿Cómo aceptar que el darse puede hacerse por tiempos y con una hoja de ruta prediseñada?

¿Cómo convivir con la sensación agridulce de saberse querida pero solo en parte, solo a ratos? ¿Cómo aceptar que el amor sin pasión tiene sentido? Esa razón era precisamente la culpable de que no pudiera entenderlo. Amar sin pasión es como recorrer el polo norte sin abrigo, sin ese calor que se necesita para que “lo frío” no te cale los huesos. O como querer tocar la luna con dedos de papel usado y viejo.

Ese sentimiento estaba consiguiendo que el que debería ser un momento para sentir y ser feliz se convirtiera en una prueba constante de resistencia. Porque el paso de los días no hacía más que aminorar su fuerza, hacer que lo que brotaba de su corazón se viera obligado a dividirse y no llegar a sumar incluso antes de ser. ¿Cuánto tiempo puede una sentirse querida solo en parte?

 

J. Loro. 

 

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