InicioÁREASOCIOCULTURALlegó el último día del año

Llegó el último día del año

Esa mañana se despertó como cualquier otra, sin darse cuenta al principio que no era un día más, era 31 de diciembre. Día para hacer balance, para repasar todo aquello que ocurrió, que sintió, vivió a lo largo de los últimos 365 días. Era su costumbre desde hacía muchos años. Concretamente hacía 25 años. Lo recordaba bien. Podría dibujar al completo aquel momento en el que fue él, su marido, quien un 31 de diciembre, nada más despertar esa mañana, la abrazó con la ternura de siempre y le invitó a repasar las cosas que sucedieron aquel 1993 en sus vidas.

Y juntos recordaron: el primer suspenso de su hijo pequeño y su desgarro de niño que siempre quería más, las primeras salidas nocturnas de su hija mayor y los primeros desvelos hasta que, por fin, llegaba a casa y aquella puerta se cerraba guardando en su interior lo más importante del mundo. Recordaron cómo aquel año comenzaron a ahorrar para poder comprarse una casita en la playa en la que disfrutar cada verano de los suyos.

Recordaron, también, cómo Antonio, su mejor amigo, perdió el trabajo y a su mujer al tiempo, y tras algún vaivén que otro, consiguió encauzar su vida porque ellos estuvieron ahí, como siempre, pendientes de que la caída no fuese demasiado dura, amortiguando el golpe y ofreciendo su hombro para que pudiese levantase de nuevo. Fueron, poco a poco, recordándolo todo. Y desde entonces, era tradición de la pareja hacer lo mismo cada 31 de diciembre. Este también lo harían. Al menos, ella lo haría y lo haría por los dos, porque hacía solo unos meses que la memoria de su marido se vació para siempre.

Este año quedaría marcado por esa maldita enfermedad a la que hubo que buscar hospedaje en casa a la fuerza, esa que se llevó los recuerdos de su marido y, por tanto, parte de los de todos. Esa que se había empeñado en borrar de un plumazo una vida feliz, vivida y compartida. Esa que dañó hasta lo más profundo a sus hijos que tuvieron que aprender a mirar de nuevo a ese padre que conocían de pies a cabeza.

Pero lo tenía a su lado, podía mirarlo y abrazarlo cada mañana, como en los últimos 50 años. Aún podía seguir tomando su mano antes del desayuno, entrelazar sus dedos con fuerzas deseándole un feliz día. Aún podía acariciar su cabello sentados en el sofá antes de ir a dormir, sintiendo la piel del hombre al que amaba. Aun podía hacerlo y por eso daba las gracias un año más. Pese a que esa mirada no le reconociera y que esa sonrisa fuera hierática, pero eran sus ojos y su sonrisa y ella sabía que allí detrás del muro que levantó el olvido, ella estaba presente

Ella sabía que, más allá de la distancia emocional impuesta por la enfermedad, él sabía que esa mujer que tenía enfrente y a la que no reconocía, era alguien que lo quería, lo mimaba. Él lo sabía. Ella así lo sentía. Porque la enfermedad no ha podido con el escalofrío que despierta el roce de sus manos, ni con la fuerza de su mirada cargada de amor. Porque seguían mirando aquella estrella que, también desde siempre, lució en lo más alto del árbol de Navidad. Una estrella vieja, con muchos años a la espalda, pero que seguía brillando, iluminando el salón y sus vidas con intensidad. Seguía recordándoles que pese a todo, a las ausencias, los temores, los miedos y la enfermedad, tenerse es lo único que no tumba el paso del tiempo, quererse, mimarse, sentirse, es lo único que te hace sentirte vivo cada día.

J. Loro. 

 

 

Escucha a Tomás Martínez, en Radio 5: Cuaderno Mayor, RNE. 

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